Diezmada, te presentas voluntaria a la hoguera de mis vanidades.
Repites tu nombre en ese hueco que encuentras bajo un madero incandescente
avivado por mis caricias rotas. No quiero mirar atrás, pues me hace daño oírte,
sentirte... Camino cubierto de un manto de dudas, con menos ropa de la
necesaria, dejando ver el tatuaje que, espero, me guíe en el sendero hacia lo
menos perdido, hacia la luz que mi consciencia ha negado mostrarme.
Sueles
emplear hechizos austeros e infinitos que recorren mis decisiones para, sin
palabras, moldearlas a placer. Tu belleza arrastra mi mente por doquier,
sin que hasta ahora, haya podido/querido hacer gran cosa para evitarlo. Mi rumbo es monótono, solitario y cargado de momentos de lejanía afectiva. Mi crimen ha sido pensar en luchar/me. Conseguir ese lugar que correspondía sólo a reyes. No lo veo, no puedo.
Hoy sólo soy un bufón de la corte sin público al que animar, pues en este ciego túnel sólo veo salidas de emergencia tapando tabiques de ladrillos dobles. Hoy no hay sino gélidos aires que entran por es hueco en el que ya no hay nadie...